11 de julio de 2010

"Escribir un libro es construir un laberinto", por José Sánchez Lecuna



José Sánchez Lecuna es novelista y ensayista venezolano nacido en Francia.
Autor de "El viaje inefable", Editorial Memorias de Altagracia, Caracas, 2006 y "Memorias de la Esperanza", Editorial Alfa, Caracas, 2008,
Mención Premio de la Crítica de Ficción Breve a la mejor novela año 2009, Caracas.
Profesor de Literaturas Occidentales, Escuela de Letras, Universidad Central de Venezuela, UCV. 
Autores venezolanos le da la bienvenida. 

            Escribir un libro es construir un laberinto, un laberinto cuyos círculos concéntricos delimitan los contornos de nuestro propio rostro interior, un laberinto construido pacientemente por las heridas y los cansancios del alma y que se parece a las cicatrices labradas en la arcilla de la conciencia, día a día, por la perseverante paciencia del tiempo.
                  Una novela es un relato que se construye a sí mismo como una memoria que se contempla constantemente. Una cierta armonía se impone cuando las imágenes imaginadas se reconcilian con las imágenes creadas por el lenguaje. Es cuando las palabras comienzan a recorrer los meandros del misterio que nos lleva hacia la creación de un espacio, un espacio-tiempo, siempre imaginario, que tiene el privilegio de revelar a la vez el carácter ficticio de la vida y el fondo real de la ficción. ¿Cómo concebir una diferencia entre ambos? ¿Cómo separarlos, la vida y lo que imaginamos de ella? ¿Es la vida realmente lo que imaginamos de ella? ¿Y es lo que imaginamos más real que la realidad?... Confusión y contradicción. Nos enredamos en una paradoja sin salida.
                   Escribir resuelve de alguna manera este dilema.



            La literatura trasciende la inmediatez y la literalidad de los gestos de todos los días ya que nos permite crear lazos con los espacios infinitos de la pasión y de la agonía, de la lucha y del sentimiento humano, como ceremonia de un acto religioso y sagrado. Es también el único medio de interpretar el largo silencio de Dios.
                   La literatura es la tierra fértil de la fe donde los seres humanos, mujeres y hombres, vuelven a encontrar el verdadero rostro de la esperanza que los reconcilia con ellos mismos, con los demás, con la vida y con el sufrimiento, porque justifica su razón de ser.
                   Y la escritura es a la literatura lo que el arte es al conocimiento ya que es la única razón de ser de una aventura del espíritu que nos libera del peso de la vida y de la carga que es la conciencia, para hacernos descubrir nuestra inmensa riqueza ética y nuestra inagotable imaginación: tesoro que compartimos todos como una sola herencia, a la vez particular y universal.
                   La literatura permite ponernos a la escucha de la vida y nos otorga el privilegio de moldear con la arcilla que es el lenguaje una suerte de semblanza del mundo con la que reconocemos lo que somos: apenas algunos granos de polvo, polvo que, con un poco de fe, de buena voluntad, de inspiración y de talento, puede hacer reflorecer los ramos de ilusiones del espíritu como si fueran todos un regalo del cielo porque, como dijo una vez Augusto Monterroso, “Dios todavía no ha creado el mundo; sólo está imaginándolo, como entre sueños. Por eso el mundo es perfecto, pero confuso”.


                                                                José Sánchez Lecuna

2 comentarios:

Blanca dijo...

Un acto religioso... casi siempre...
Un camino que a veces nos acerca a mundos confusos y peligrosos.
Excelente reflexión!!!!!
Un abrazo.

Lesbia Quintero dijo...

Profe, su reflexión es muy hermosa y profunda, estoy segura que la literatura sana las heridas del alma. Gracias por estas palabras llenas de fe en esos universos de ficción donde nos desenvolvemos cada día.