9 de diciembre de 2010

Panegírico, por Noellia Fernandez Vallejo


Noellia Fernández Vallejo se halla en la búsqueda de un lugar como narradora, desde su piso de ingeniero electricista (Universidad Metropolitana 1998, Politécnica de Madrid, 2002) con el que alterna a partir de 1991 cuando resultó ganadora del Primer Concurso de Cuentos, Mención Narrativa, de su alma mater de Caracas. Y luego en 1996, al recibir el estímulo de una mención de honor en el 2do. Concurso Nacional de Minicuentos “Los Desiertos del Ángel”, por dos de sus primeros pinitos públicos. Autores venezolanos le da la bienvenida a esta  autora de elegante minificción .



            Él era de esos hombres, que por no mirar directamente, sólo hizo contacto visual con los adoquines del piso por el que caminaba. Su andar era imperceptible, no se le sentía al llegar ni al salir, y llevaba siempre las manos en los bolsillos, cosa que hacía que sus hombros lucieran tristes. Si él se encontraba en una habitación, ésta se sentía imperturbada. Su conversación era correctísima, nunca abordaba temas políticos, religiosos o tabúes, le había dicho su madre que no era de buena educación hablar de aquello, y el volúmen de su voz era siempre el más adecuado, cero pasión. Aunque le gustaban los animales nunca tuvo uno, puesto que los pelos de gato y el olor a perro le aguaban la nariz. No usaba lentes, no era calvo, no era ni alto ni bajo, de estatura promedio como se diría; no era ni muy blanco ni muy moreno, mucho menos albino o pelirrojo, tampoco era atlético o gordo, simplemente era una de esas personas que pasan completamente inadvertidas. Nunca le conocí una novia, tampoco es que lo conociera mucho, pero jamás lo vi con nadie ni del sexo opuesto, ni de su mismo sexo; creo, que a la única persona que saludaba retirando su mirada del suelo era a mí.

            Por más de 40 años fui el portero de su edificio, jamás llegó tarde, siempre lo hacía a la misma hora; nunca oliendo a alcohol, nunca a colonia de mujer, ni barata ni cara; jamás dando tumbos o con esa sonrisita de quien la ha estado pasando bien, pero jura que se ha portado mal. Nunca hizo nada malo. Jamás recibí para él ni carta, ni paquete, ni regalo... en fin, que no sé ni siquiera cómo se llamaba.

            Hoy vengo yo y sólo yo, a leer esto que escribí, en un salón vacío, en el cual no ha entrado nadie en todo el día. Para quien pasara por esta vida sin pena ni gloria, sin ser notado, sin ser escuchado, ni apreciado, el que hoy yace, con la misma actitud que lo caracterizara en vida, sin perturbar la quietud de la sala, alguien, a quien nadie recordará.   


NOELLIA FERNÁNDEZ
9 de Noviembre de 2010

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy buen cuento, felicito a la autora