11 de noviembre de 2010

Estrellas brillantes en Praga, por Ana María Velázquez


Ana María Velázquez Anderson, autora caraqueña, ha publicado dos libros de narrativa y uno de poesía. Es egresada del VIII taller de narrativa del Celarg, 1995. Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela, UCV, ganadora del VI Festival literario ucevista, 2003, mención narrativa con jurado integrado por Carlos Noguera, Wilfredo Machado y Pedro Delgado y del primer lugar del Premi0 nacional de poesía Alejo Moreno, 2009, Fundación de poetas San Joaquín, estado Carabobo. Colabora en varios medios literarios.

Antes del viaje le había dicho a Julio que desde siempre había adorado Praga, desde que había leído a sus autores, Kafka, Kundera, Meyrinck y que aquella idea de ir allá, una vez recibido el nuevo año en Berlín, me ponía a danzar con la música de la radio de la cocina encendida a todo dar, cosa rara, dada mi tendencia natural a la melancolía. Por supuesto que cuando Julio llegó un viernes en la tarde con la guía Michelin y la de Lonely Planet, puse manos a la obra para planificar el viaje y así no perder tiempo al llegar, después de todo íbamos a estar allá sólo unos  días.
-También la podemos googlear, qué te parece
-Claro que sí, y vamos a imprimir otro mapa de la ciudad con más detalles
Ese mismo fin de semana lo pasamos consultando mapas de Praga en la internet y estudiando las dos guías hasta que logramos hacer un itinerario interesante, además de reservar una habitación en un antiguo, bello y no-tan-caro hotel en Hradčany cerca del Castillo de Praga, el de Kafka, en el que basó la novela del señor K. Esas noches soñé con la Praga que imaginaba, con los laberintos de la Malá Strana y de la Ciudad Vieja, la Staré Mesto, con el barrio judío, con la Vieja-Nueva Sinagoga del Rabino Loew en cuyos altos se creía que había vivido el terrible Golem, un gigante hecho de barro a quien el rabino había insuflado vida con palabras secretas de la cábala.
El dos de enero, tras recibir el año en la Puerta de Brandemburgo, a menos ocho grados centígrados, y cenar arenque y salmón ahumado con el clarísimo vino Riesling, fuimos a la Hauptbahnof, la estación central de tren de Berlín, compramos los boletos y tomamos el tren.
Viajamos todo el tiempo hacia el sur, recorriendo los gélidos paisajes nevados hasta llegar a Dresden y de ahí en adelante ya las orillas del río Moldavo no nos abandonarían hasta llegar a Praga. Caían grandes copos de nieve que dificultaban el movimiento del tren que, después de la frontera checa, tuvo que esperar para proseguir.  En ese cruce de fronteras, el saber que estábamos entrando en la parte oriental de la Europa, esa zona que es el verdadero centro del continente, de tantos y diversos pueblos, de los moldavos, bohemios, bukovinos, ceskios, eslovacos, moravios, nos emocionó mucho. Además cambió el paisaje y algo más denso pareció posarse en los bosques, ahora oscurísimos y misteriosos, y en las montañas, de laderas casi verticales, a cuyas cimas se aferraban sombríos castillos medievales de piedra y argamasa.
Julio y yo, una pareja joven de venezolanos típicos viajando con los dólares Cadivi, las cámaras digitales semi pro y en primera clase, de seguro llamábamos la atención, pero nosotros no lo sabíamos. Sólo cuando preguntaban “where are you from” y contestábamos “Venezuela” y nos respondían “Ah, of course”,  caímos en cuenta que les recordábamos aquel rico y próspero país petrosaudita de los años ´70, de los viajeros a dólar “cuatro treinta” que podían comprarse el mundo en un solo viaje. Nosotros, primos lejanísimos de aquellos, pero llenos del mismo savoir faire, aún éramos considerados como ellos.
Habíamos visto mucho las guías de viaje, pero nada nos había preparado para la belleza de Praga, cuyo nombre se pronuncia en checo como dos suspiros seguidos “Praaa-haaaa”. Ya en el taxi que nos llevaba al hotel, contemplé extasiada la hermosa ciudad. Sí, Praga era como un sueño, algo fuera de la realidad. El puente de Karlovo con sus decenas de esculturas, híper decorado, las puertas de la ciudad al estilo medieval, las calles de adoquines, las plazas rodeadas de edificios antiguos y oscuros, el hotel de largos pasillos de piedra, todo me hacía entrar en una especie de tiempo paralelo, en una realidad imaginal que me mantenía con los pies casi separados del suelo al andar.
A la mañana siguiente, cuando me levanté, Julio no estaba. Había dejado una nota sobre el gavetero diciendo que había ido a comprar café y pasteles para el desayuno y que regresaría pronto. Asombrada me quedé con el papel en la mano pensando que si no volvía a tiempo no íbamos a poder hacer el tour como lo habíamos planeado. Decidí bañarme y vestirme para salir apenas llegara, mas Julio no regresaba. Salí a buscarlo a la Malostranské náměstí, una plaza cercana al hotel en donde había visto al llegar varios restaurantes y pastelerías, pero no lo hallé por ninguna parte.
En ese momento me atrajo la gran puerta de la ciudad vieja que conducía al puente de Karlovo y me dejé llevar por el flujo de turistas que iban en esa dirección. Al llegar miré mi mapa y me di cuenta que estaba muy cerca de la casa de Kafka, un museo donde se guardaban sus manuscritos originales, sus fotos y recuerdos. Pasó el tiempo. Cuando salí de la casa de Kafka, además de tener hambre y seguir montada en una nube literaria en la que me imaginaba ser cualquier cosa menos lo que era, me desorienté y no recordaba dónde quedaba el hotel. Sólo estaba segura de que no debía cruzar el Puente Karlovo porque me llevaría a un lugar desconocido. A duras penas volví al hotel, una vez allá la recepcionista me informó que Julio había regresado y había dejado dicho que yo lo esperara en la Václavské náměstí, la plaza de Wenceslao, que allí comeríamos algo ligero en el Starbucks y luego tomaríamos un tour-caminata.
Pedí direcciones porque ya no me sentía tan en capacidad de llegar sola a ninguna parte. A mi desorientación y mis dudas se sumaba un nuevo sentimiento: veía la ciudad y sentía como si algo de ella me perteneciera, como si yo ya la hubiera habitado,  bien yo pudiera haber sido una chica llamada Milena que recibía cartas de un escritor o una judía mirando con horror la llegada de las tropas nazis a la ciudad o una checa con un pañuelo de vivos colores cubriendo mi cabeza mientras en un carro de caballos salía, con mi familia, hacia los escarpados montes. Crucé el puente, tomé el tranvía, o “tram”, como le dicen, y me bajé justo en la estación de la gran avenida de Wenceslao, caminé hacia la zona de los restaurantes y entré al Starbucks, pero no vi a Julio ahí. Entonces compré un café y me senté junto a la ventana a esperarlo. En eso me pareció que lo veía entre un grupo de gente tras un guía turístico, con prisa tomé mi morral y mi cámara, me puse los guantes y salí de nuevo a la calle con mi taza de cartón y mi café humeando en el frío. Pero no era Julio y, de pronto, la sensación de desorientación volvió con más fuerza. Por momentos no sabía dónde estaba, todo se disolvía a mi alrededor, la niebla bajaba y envolvía la avenida y, de repente, voces en un antiguo idioma que creía olvidado comenzaron a llamarme “¡Zaskia, Zaskia!”. Girando la cabeza asombrada vi que aquello no era juego, que por los laterales ya entraban los tanques rusos y que yo, con mi café en una mano y mi morral en otra, no sabía adónde correr ni de dónde venía la voz que me estaba llamando. Los soldados se acercaban y nosotros, una multitud que protestaba, no los esperábamos “¡vienen los soldados, Zaskia!” y entonces supe que quién me llamaba era Antón.
La niebla, las calles escarchadas aún de nieve y el viento frío del norte, dejaron espacio a la visión de alguien a quien yo había amado mucho, mi querido Antón que se acercaba corriendo “¡Zaskia, Zaskia!" Lágrimas asomaron a mis ojos y en mi mente se revolvieron las imágenes de un pasado que ahora estaba segura de conocer. Sí, yo era esa Zaskia que él buscaba, era 1968 y allí estaba de nuevo mi novio de la universidad. Su largo y lacio pelo negro, su amada cara delgada, sus ojos también negros profundos y su espléndida sonrisa me recordaban lo felices que habíamos sido.
Habíamos vivido la historia de amor más perfecta que se hubiera escrito, él, estudiante de Filosofía, yo, de Literatura, ambos llenos de sueños. A nuestras conversaciones en el Café del Klementinum había seguido el amor, los besos robados en los antiguos pasillos góticos, las citas en el pequeño apartamento que Antón compartía con sus compañeros de estudio. En ese tiempo creíamos que estábamos haciendo una revolución, que íbamos a cambiar el mundo en aquella  primavera de Praga, pero mi muerte a tiros de fusil esa tarde, justo cuando Antón me tomaba en sus brazos, y la de muchos otros, había significado la pérdida de ese sueño. Y ahora ahí estaba yo de nuevo, con falda y sandalias de cuero y Antón con su chaqueta beige de verano huyendo de la represión brutal de la guardia.  Ahora lo volvía a ver aproximarse a mí despacio “¿Zaskia? Sí Antón, soy Zaskia, he regresado” y justo cuando extendía su mano para abrazarme, un click doble, el del fusil soviético siendo montado y el de su mente al comprender que me perdería de nuevo, hizo brillar sus ojos con un brillo raro en forma de estrellas.
Me desmayé, eso creo, porque entré en una nada suave y cómoda. Luego, ya despierta en los brazos de Julio, no podía creer que aquello me hubiera pasado o que en realidad me hubiera pasado. Quizás no había sido más que un delirio causado por el hambre o por mi fértil imaginación y por la visita a la casa de Kafka esa mañana, pero aquellas imágenes habían sido tan reales que aún hoy me parece estar viendo la cara de Antón y las siluetas de los soldados detrás de él.
Llorando en silencio, por mí, por Antón, por el pasado doloroso de una ciudad que me parecía propia, volví al hotel mientras Julio me abrazaba y me explicaba que, desde el otro extremo de la calle me había visto caer. Entonces él había gritado y, seguido del guía y de los otros turistas, había corrido hacia mí y que tardé algún tiempo en darme cuenta de que era él quien me sostenía. Me dijo que, cuando los abrí, mis ojos lo desconcertaron: parecían ser más claros y lo miraban de una forma rara.
 Al día siguiente dimos un largo paseo por el Castillo de Praga, que es en realidad un complejo de muchos castillos, y al otro regresamos a Berlín para tomar el vuelo a Frankfurt y de allí a Caracas. En el tren de regreso Julio, que no dejaba de preocuparse por mí, me iba preguntando todo el tiempo que cómo me sentía. Entonces quise saber cómo era aquella mirada mía que tanto lo había desconcertado y él me respondió: “con un brillo raro, como si dos estrellas se formaran en tus ojos”.
Ahora que escribo esta historia en la simpleza de mi sol y mis guacamayas tropicales, entre olores de café y de cayenas en flor, no sé qué explicación darle o si buscar alguna o si pensar que en algún lugar del universo vagan un Antón y una Zaskia enamorados y separados por toda la eternidad por un fusil y una descarga. No lo sé. Hay misterios que no se explican, pero que nos dejan, para siempre, una sensación extraña en el alma y estrellas brillantes en los ojos.


Paraguachí 11/11/10


9 comentarios:

Anónimo dijo...

Bello relato Ana María...a lo mejor las estrellas en los ojos son gracias a tu tendencia a la melancolía....

José Sánchez Lecuna dijo...

Excelente cuento de una escritora que habrá que tomar en cuenta para futuras antologías de "cuentística venezolana del siglo XXI"...
A la espera de futuros escritos...
Cuento que abre y cierra magistralmente como debe ser un cuento perfecto, manteniendo en vilo al lector..., en ningún momento decae...

Sonia dijo...

Bonita manera de contarnos tu viaje y fantasías en Praga. Te felicito.
Sonia.

Anónimo dijo...

Me encantó

Blanca dijo...

Excelente!
Interesante el manejo de los puentes que anuncian el cruce hacia un mundo paralelo donde la levedad es más que protagonista, conductora. No en vano Kundera.
Tres momentos claves que se expresan a través de la mirada. Mirada posada, proyectada y devuelta desde afuera por aquél que mira estrellas en los ojos... de Zaskia…de ella.
Cuando no cadáver, la guerra, siempre la guerra como limbo, nos deja a la mitad del camino anhelado…
En fin, me encantaría conversar con la autora sobre este relato, que por demás, hizo que viajara con ella .
Blanca

Blanca dijo...

Excelente.
Interesante el manejo de los puentes que anuncian el cruce a un mundo paralelo donde la levedad es también protagonista. No en vano Kundera.
Tres momentos claves que se expresan a través de la mirada. Mirada posada, proyectada y devuelta desde afuera por aquél que mira estrellas en los ojos de Zaskia…de ella.
Cuando no cadáver, la guerra, siempre la guerra como limbo, nos deja a la mitad del camino anhelado…
En fin, me encantaría conversar con la autora sobre este relato, que por demás , hizo que viajara con ella

Anónimo dijo...

Todas las estrellas son brillantes y las vemos a menos que salga el sol.No conozco Praga pero a sus escritores sí y Kafka es una de esas estrellas que salen de la oscuridad como Kundera. Estrellas sobre una de las ciudades más bellas de Europa pero que vemos insoportable por aquella tristísima Primavera. No en vano Kundera lo demostró de manera insoportable en su levedad checa.

Anónimo dijo...

Un cuento muy bueno que disfruté mucho, felicito a la autora

Mariana dijo...

me quedé con ganas de leer más cuentos de esta escritora. Qué puede una decir con un cuento tan completo,redondo, ni le sobra ni le falta nada.
Gracias